1.1 Miedo

 

Me miro al espejo y la barba de tres días me recuerda que debo afeitarme, pero realmente no quiero hacerlo, así que simplemente no lo hago. Me meto bajo la ducha, el agua fría me hace sentir vivo, aunque preferiría tener una ducha eléctrica. En ropa interior frente al armario, decido que ponerme mientras tarareo Bed of Roses de Bon Jovi. Jeans, sweater con capucha y sneakers de corte bajo, solo eso necesito para sentirme bien conmigo mismo, hace algún tiempo la opinión de los demás, no es que no me importe del todo, pero  paso a un segundo plano. Vuelvo al espejo, mi  largo cabello húmedo cae sobre mi rostro, casi tocando mis labios. Me peino, pensando en cómo Amanda me dijo que me quedaba mejor. Sonrío a mi reflejo y salgo a la calle.

  El negocio de las croquetas debe de ser la bomba estos días, hay uno cada dos cuadras, por lo que el olor a fritanga inunda el aire, haciéndolo espeso. Es que cuando tienes mucho de algo, aunque te guste, termina siendo molesto, insoportable. Mientras camino hacia donde la veré, pienso en casi todos los escenarios de conversación posibles, que le digo, que me responde, como evitar las preguntas incomodas con sarcasmo o humor…en fin, es mi manera de ocupar mi mente para no aburrirme. Recuerdo entonces a Sherlock, ese enigmático personaje creado por Doyle que se colocaba con morfina pues no soportaba la inactividad mental cuando no tenía algún caso que resolver. Bueno querido Sherlock, yo tampoco exagero tanto como usted, pero tampoco me gusta la inactividad mental, por eso pienso mucho, aunque a veces quisiera parar. Pero termino por no hacerlo.

  Llegó al pequeño parque donde nos citamos, miro alrededor y la encuentro fácilmente, su largo cabello azabache es inconfundible. Está de espaldas, de pie junto a un framboyán que la cobija del baño de sol del que yo deseo salir cuanto antes. Pero me quedo unos segundos viéndola, la gracilidad de sus curvas, las curvas de una autopista que a mis manos no les importaría recorrer a pie (o a mano), lentamente, bajo la tenue luz de una vela. Sonrío ante mi ocurrencia y camino hacia ella, la tomo por sorpresa y tapo sus ojos por detrás con mis manos.

-Adivina quién soy.-digo.

  Me gusta escuchar mi nombre salir de su boca, la manera en que lo articula, casi como si lo acariciara antes de dejarlo ir pues sabe que es una despedida, la palabra va a ser arrastrada por el viento hacia mis oídos y no volverá jamás. Nota mental: Eres un idiota, ¿de dónde sacas todo este pensamiento poético bueno para nada?

  Se vuelve, me obsequia la más radiante de las sonrisas, su rostro se ilumina. No es que sea un experto en lenguaje corporal y gestual, pero el tiempo me ha obligado a distinguir entre un sonrisa de sentir sincero y una sonrisa condescendiente, esa que se recibe cuando la otra persona sabe que te lastimó pero quiere aparentar como que todo está bien…

-Estabas tan cansada de esperarme que decidiste abrazar este árbol. -digo mientras señalo el framboyán.

   Pienso en lo que dije, no sonaba tan estúpido dentro de mi cabeza.

Su desparpajada carcajada me saca de mi introspección y le busco con la mirada, quería que sonara gracioso lo que dije, pero de seguro no era para tanto. Fuerzo una sonrisa, otra vez mi rostro no es un reflejo de lo que en realidad siento, pero a estas alturas ya debería estar acostumbrado, yo fui quien quiso ser así. Me quedo viéndola y ladeo un poco la cabeza, ella deja de reír y me pregunta porque la miro de esa manera. No le contesto, me limito a apartar de su rostro un travieso mechón de pelo que cae sobre sus labios, acaricio tiernamente su rostro y la tomo de la barbilla para acercarla a mí, no opone resistencia, me busca con la mirada, los ojos le brillan llenos de deseo y me alegra ser capaz de despertar eso en ella. Me estoy dejando llevar, improvisando, no es propio de mi hacerlo, pero hasta ahora todo va bien, tengo luz verde. Aparta la vista sonrojada, como si mi pensamiento se hubiera proyectado hacia su entendimiento a través de mis ojos, como las películas en el cine.

 -Sabes…- musita Amanda sin mirarme. – Creo que me gustas.Sonrío satisfecho, adoro cuando tengo el control de la situación.

No digo nada, no tengo en realidad palabras, en mi interior se arremolinan un millar de sensaciones, revolotean dentro de mi estómago como…. ¿mariposas? Ahora entiendo, esto es estar enamorado, o al menos eso es lo que me han dicho que se siente. Me aparto y me pregunto que estoy haciendo, nuevamente mi reacción no está acorde con lo que deseo y no lo entiendo. ¿Si quiero besarla con todas mis fuerzas, por qué no lo hago?

     ¿Qué pasa? –me pregunta y comprendo su desconcierto, pero no tengo esa respuesta.

Pensé en decirle “nada”, pero en este caso la respuesta más común no es la que ella merece, pero tampoco la verdad, no puedo decirle que me aparto de ella cuando en realidad quiero abrazarla y besarla, no me atrevo a decirle que mi “miedo”-la palabra retumba dentro de mi cabeza como campanadas- es mayor que lo que me hace sentir, que solo soy un cobarde que no se da la oportunidad de querer por miedo al compromiso, por miedo a enamorarse. Oteo en el lejano horizonte unos segundos, como buscando una respuesta, más bien, una mentira, mientras siento como su mirada se clava en mi nuca. Me vuelvo para confrontarla, la miro a los ojos como si estuviera a punto de decir la mayor verdad que haya existido, solo para decir una mentira más.

–Perdóname  yo no siento lo mismo que tú. No quiero lastimarte, así que es mejor que lo dejemos aquí…mejor sigamos siendo amigos.

  Se acercó a mí, me acarició el rostro, yo no podía mirarla a los ojos, no tenía el valor, o simplemente temía que mi determinación no fuera tan fuerte, no lo sé.

–Pero… ¿no lo entiendo, pensé que te gustaba?

 Y así es, me gusta mucho, tanto que por eso me voy, para que no llegue a transformarse en amor. No contesté, simplemente me fui como un cobarde, como un idiota, como uno de esos hombres que lastiman los sentimientos de las mujeres a los que tanto critico, dejándola allí, sola, con un nudo en la garganta y los ojos humedecidos. ¿Por qué?

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Una Familia Feliz