
El sol entra por mí ventana como si estuviera furioso, me molesta en la cara y me cabreo, aunque se en el fondo que la causa real no es esa, sino Amanda, aquella chica de la que tengo miedo enamorarme. Separo mis parpados lentamente y cierro con violencia mi persiana, pero la ira sigue ahí, latente bajo mi piel. Mi madre me pregunta que pasa, es mi culpa por el ruido, por exteriorizar mi molestia; fiel a mi filosofía, contesto que todo está bien. Tumbado boca arriba me pierdo en mi interior, estudio una a una las sensaciones, los sentimientos, los deseos, los miedos, pienso en a donde me puede llevar la decisión que he tomado, pero no encuentro lógica a alguna que otra cosa. En fin, soy un lio hasta para mi mismo a veces, pero así nadie puede definirme, nadie sabe que pienso y mucho menos que voy a hacer a continuación, así no dejo de sorprenderlos. Me costó un poco ser así, pero lo logré, movido por un tonto miedo a que se aburrieran de mí si llegaban a definirme, si podían leerme como yo hago con ellos…
Estoy particularmente desganado esta mañana, quizás sea por el peso de mi decisión, o será solo falta de sueño, no lo sé; lo único que tengo seguro es que no puedo sacarme un segundo a Amanda de mi cabeza. Cierro los ojos y respiro hondo buscando la calma, pero esta distante, esquiva, se me escapa a través de la persiana y va donde ella, dando traspié con las dudas, con los miedos, va hacia ese inmenso mar de posibilidades que se muestra ante mí y que me aterra navegar. “Nunca he sido el mejor de los nadadores”, pienso, sonrío y escapo de mis pensamientos mientras hago otra nota mental: “Trata de no pensar mucho hoy, mantén la cabeza ocupada”.
Mi teléfono móvil suena, arrastrándome de vuelta a mi habitación. Es Erik. ¡Por dios!, casi olvido el repaso.
El sol esta extenuante, llego al parque y todos los bancos bajo la sombra de un árbol están llenos, así que decido sentarme en una jardinera donde no me castigue el astro rey. Miro la hora en mi teléfono y me regaño por llegar tan temprano, no me gusta mucho esperar pero me gusta que esperen por mí, que ironía. Poco después llegan mis amigos, los recibo con una sonrisa, aunque no esté de tan buen humor como de costumbre ellos no tienen la culpa.
_ ¿Llevas mucho esperando? _ me pregunta Erik.
_ Acabo de llegar, _ miento_ pero ya comenzaba a aburrirme.
_Tú como siempre,un enredo que habla y camina. _ bromea Erika, su hermana gemela, aunque no se parecen tanto, ella es divina y el…bueno, es hombre.
Julián estaba callado, algo poco usual en el, así que busqué una manera de involucrarlo en la plática.
_ Saben, me di cuenta de que no soporto a la gente mal educada. _ Lo miré directamente. _ Sí, esa gente que no saluda ni nada y se mantiene ausente, o simplemente hace como que no está cuando los demás comparten.
Volteó para verme, su semblante había cambiado, ahora sonreía.
_ Tú no eres fácil. _ me dice.
Esperamos un poco en la fila antes de entrar a la cafetería, haciendo una ovación de pie a mí mismo, pues en el pasado, la paciencia no era una de mis virtudes, en cambio ahora, creo que tengo demasiada. Julián había vuelto a ser el mismo, haciendo que quizás me arrepintiera un poquito de haberlo sacado de su inercia desfavorable, pero el grupo necesitaba a todos de buen humor para que esto fuera un momento que valga la pena recordar, el incluido. Así que me limité a evitar los temas sexuales que sacaba constantemente. Una cosa es tener mente abierta y ausencia de tabúes y otra muy distinta es que solo abras la boca para hablar de la última peli de Rebecca Linares o de las fotos de Selena Spice en no sé qué revista, entre otras cosas acordes al tema “copulativo”.
Al fin entramos, llegué a pensar que se agotaría mi tan costosa paciencia, ya se estaba tambaleando, sudaba, por lo que se escaparon algunos comentarios mordaces y algún que otro sarcasmo con pimienta, pero gracias a Dios aguanté.
No pienso mucho en Amanda mientras mi cabeza se debate entre logaritmos, ecuaciones trigonométricas y geometría del espacio, mientras el olor del café que exhala la taza frente a mi me vivifica. Es increíble ver como algo tan sencillo, algo que para algunos puede ser tan trivial e intrascendente, me hace sentir tan bien. A veces la vida se compone de esos pequeños momentos donde disfrutas una taza de expreso en la compañía de gente que te agrada, esos instantes en que te das cuenta que vale la pena detener el reloj para que no acaben…pero el tiempo no detiene su curso por nadie y tarde o temprano sé que voy a pensar nuevamente en ella, cuando esté solo.
-¿Dónde estabas?- Erika pone su mano sobre mi antebrazo, la miro.- Llevas unos minutos absorto. Eso no es propio de ti a no ser que estés tramando alguna fechoría. ¡Dime! ¿Quién es la victima está vez?
No sabía cuánta razón llevaba, bueno, en parte, pero igualmente hice lo que mejor se me da en estos casos, evadir la pregunta con sentido del humor.
-Que mal concepto tienes de mi Erika, pero igual sigo enamorado de ti, aunque tú de mí no.
No era del todo cierto lo que decía, pero no estaba tan lejos de la verdad. Me refiero a que, vamos, que hombre en su sano juicio no quisiera estar con ella. Para mi suerte, conmigo no es sencillo saber cuando hablo en serio o cuando estoy de guasa. Parpadea un poco, discerniendo mis palabras, veo sus párpados como en cámara lenta mientras me pierdo en el celeste de sus ojos, entreabre los labios en señal de sorpresa, sus apetecibles y carnosos labios. Clava la vista en el suelo y se acomoda un mechón detrás de la oreja, pero su ambarino cabello no obedece y cae nuevamente sobre su rostro. Lo intenta una vez más antes de contestarme, esta vez el pelo se queda en su lugar. Sonrío por dentro, esquivé la bala exitosamente.
-Tú no cambias, dices esas cosas así sin más.-dejó escapar casi en un susurro.
Estoy consciente de que a veces, esa locura mía puede resultar encantadora, o será solo el hecho de que no saben con certeza como me siento respecto a ellas. Sin embargo, no puedo decir que tenga un millón de mujeres detrás de mis huesos, pero tampoco puedo decir que no haya ninguna. Me he metido en el Windows de mi cabeza el antivirus de que “no me importa el resultado de mis interacciones con las chicas”, que va de la mano con el firewall que versa, “si termina en la cama, bien, si termina en amistad, también”. Nada, que mi sistema operativo trabaja en optimas condiciones, excepto por el virus Amanda, uno de esos que no se eliminan no importa cuánto intentes borrarlo de tu disco duro, al final acaba apareciendo nuevamente.
Aprieto mi puño bajo la mesa, nadie se da cuenta de lo enojado que estoy, pues mi rostro refleja una sonrisa cuando Erik le dice a su hermana que no le alcanza para pagar la cuenta, pero en realidad me disgusta el hecho de cómo mi subconsciente se encarga de sacarla cada vez que bajo la guardia y me voy dentro de mí mismo. Salimos de la cafetería a la calle, una niña pequeña casi choca conmigo, la madre me mira y sonríe como disculpándose.
-No pasa nada.-Digo con voz agradable, casi musical, regalando la más cálida de las sonrisas que encontré en el cajón.
Sonrisa que fue borrada casi de golpe cuando escuché decir a la madre mientras se alejaban.
-Amanda, vez por qué te digo que no corras.
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