1.3 Una explicación

 

Pasó ya una semana más o menos desde la última que vi a Amanda, a veces me cuesta percibir el paso del tiempo, vivo como si cada día no fuera diferente del anterior, y al final no lo son, solo que tenemos que medir el tiempo que nos queda en este mundo de alguna manera. Meses, años, días, horas, minutos, segundos…son solo algunas de las maneras que usamos para presenciar impotentes que somos seres perecederos y que caminamos a cada segundo hacia nuestro fin. Me río. Idiota, que pensamiento más profundo e inservible, pero está increíble para ponerlo en alguna de mis historias. Nota mental tomada. El tiempo sigue su curso como rió hacia el mar, a veces me cuesta percibir su paso, más cuando estoy intentando olvidar algo. “Intentando”, al menos soy sincero conmigo mismo, soy el único a quien no puedo engañar, aunque lo intento, finjo para los demás que estoy bien cuando en realidad trato de mantener todo junto con cinta adhesiva. Mejor así, en realidad no me gusta que se compadezcan de mí, o mejor dicho, que me tomen lástima, no me gusta esa sensación de sentirme vulnerable, impotente, inútil ante algo, por lo que trato de quejarme o lamentarme lo menos posible, al final es un desperdicio de tiempo y energía.

  Me lanzo boca arriba sobre la cama, comienzo a ver como proyectados en el techo todos los momentos que compartí con ella, tratando de atiborrarme de sus recuerdos, como una manera de olvidar pues, es bien sabido que mientras más lo intentas, menos lo consigues, así que lo intento a la inversa, aunque no está dando muchos resultado. Sé por experiencia que el subconsciente es un malnacido, por eso trato de engañarlo constantemente…aunque no siempre funciona.

   En mis recuerdos la veo venir hacía mí, sonriente con aquel ramo que tanto le gustó y que le compré haciendo de tripas corazón, para ella no hice ningún esfuerzo cuando en realidad estuve como una semana con los bolsillos rotos, pero sé que no lo hubiera aceptado si sabía que era lo único que me quedaba, así que, como siempre, proyecté calma y seguridad, restándole importancia al asunto.

 Demoré unos segundos antes de ser arrastrado a la realidad por el tono de mi teléfono móvil; era Amanda. Pensé en no contestar, pero mi dañada conciencia señaló el hecho de que se merece una explicación por mi actitud. Pero olvido que realmente no tengo una. Igualmente contesté.

-Ven a mi casa en una hora.-dijo, luego simplemente colgó. 

Me conoce más de lo que pensaba, sabe que normalmente acostumbro a salir hablando de las situaciones, haciendo que al final no me odien si digo que no, por eso optó por colgar sin dejarme argumentar u objetar. Inteligente movimiento. Hago un mohín de disgusto, ahora me pica la curiosidad y no estoy pensando objetivamente, suena paranoico, pero esto me huele a trampa, aún así me metía a la ducha y estuve listo en tiempo record.

  En la calle como siempre castiga el sol, la gente ya no sabe qué hacer para combatir el calor. Caminé por la acera para evitar que unos cuantos críos que se bañaban en medio de la calle con una manguera me empaparan. Me contagió el sonido de su risa, se divertían, esto me hizo evocar momentos de mi infancia, aunque no puedo decir que haya tenido mucha con un padre ausente…basta de mí, me dije, piensa en Amanda, vaya escusa para meterla en el ajiaco. Recorrí despistado el tramo que me separaba de ella, sin poder evitar la sensación de bienestar que me producía el saber que la vería. ¡Mierda, mierda! ¡Para ya! A quien quiero engañar, estoy enamorado, pero eso me hace sentir vulnerable, no me gusta esa sensación de que sería capaz de casi todo solo para dibujarle es su rostro una sonrisa. “Si llora a tu lado, que sea de alegría”. Un pensamiento muy lindo, pero que es realmente difícil mantener.

  Llegué a su casa finalmente y confieso que estaba nervioso, aunque no se me notaba pues finjo de maravilla, lo repito y lo repito para creérmelo, pues así funciona, si te lo crees tú, los demás también lo harán. Toqué el timbre de la puerta sin pensar mucho, pues si me pongo a hacerlo, tal vez regrese por donde vine. Me da un poco de gracia el hecho de que no le temo a ella, no soy de esos chicos introvertidos que les cuesta hablar con mujeres, para nada, lo que me aterra es entregarlo todo incondicionalmente y luego perderlo, tengo miedo de amar con los ojos cerrados, por eso trato de mantenerlos abiertos. A los pocos segundos ella aparece en la puerta con un sencillo tope que no disfrazaba el hecho de que no traía sujetador, descalza y con unos shorts cortos, realmente cortos. Mis ojos se llenaron de deseo al contemplar tan perfecta anatomía, para evitar que lo notara fingí ver la hora en mi celular. Se me quedó mirando sin sonreír, no la culpo por estar molesta, sería un hipócrita si lo hiciera, al final es mi culpa que lo esté, la culpa pesa de verdad pues no me gusta verla triste. Mis ideologías son producto de lo que por ella siento, real, pero no puedo evitarlo, falso, es que simplemente, en el fondo, no quiero dejar de sentirlo. Pero tengo miedo, no me apena reconocerlo para mí mismo, pero jamás lo admitiría abiertamente, me aterra querer y saber que algún día el amor tiene que morir, o simplemente agotarse con el trote del inclemente corcel del tiempo.

-¿Te vas a quedar viéndome toda la tarde o vas a pasar?

  Su tono sonaba lleno de sarcasmo, molesto, aunque disimulado.    Sonreí con la misma dosis de ironía de sus palabras y entré. Como era costumbre me senté en un cómodo sillón frente al sofá, en medio, sobre el cristal de una pequeña mesa, reposaban unos cuantos rollos de papel arrugado, una lapicera y unas cuantas libretas. Me pregunté qué estaba haciendo, pero no quería ser pillado husmeando para no echar más leña al fuego, la cosa está ya lo bastante caliente. Volvió de la cocina con una taza de café negro, con dos cucharaditas de azúcar, justo como me gusta, obviamente sabe mucho más de mí de lo pensaba. No puedo evitar reír cuando me alarga el amargo pero placentero brebaje.

-Solo quiero saber porque. -dijo-  Luego puedes irte por donde viniste y desaparecer si así lo deseas.

-No tengo esa respuesta…lo siento. Quisiera, créeme, pero no lo sé. -fue lo mejor que pude decir, pero no fue suficiente.

 -Sé que te gusto. Me lo dicen tus ojos, me lo confirmaron cuando te abrí hace un momento. Pero no es solo atracción física, no, me has demostrado una y otra vez que te preocupas por mí. Sabes que no miento. Solo no entiendo…

Justo ahora entendí el porqué de su apariencia, al final no pude esconder mi reacción y lo noto. Bueno, ya da igual, ya tengo que hacer algo, no puedo quedarme pensando para toda la vida. Es momento de actuar.

-Tienes razón.-la interrumpo y se me queda viendo, expectante. –Siento algo por ti que no me permite vivir si no te veo, te imagino, te sueño o te pienso al menos una vez al día. Intenté alejarme, pero solo conseguí que creciera la necesidad de escucharte reír, hablar, de contemplar esa manera tan tuya de poner tus cabellos detrás de la orejas. Comencé a extrañar el verme reflejado en tus pupilas, el sonido de mi nombre cuando lo pronuncias…en fin, extraño todas y cada una de esas cosas que me hacen olvidar por un momento que soy un simple humano, un simple peón en este tablero que es el planeta. Me enamoré no solo de tu belleza, sino también de tu personalidad, me gustas incluso enfadada, realmente no sabes lo linda que te vez.

  Sus redondos ojos estaban abiertos de par en par por la sorpresa. Estaba petrificada. Poco a poco musitó:

-Entonces… ¿por qué me rechazaste?

  No dije nada, creo que ya dije suficiente, sin embargo no pude sostenerle la mirada. Baje la cabeza para evitar sus inquisidores ojos. Se puso delante de mí, con sus dedos levantó mi barbilla suavemente para obligarme a mirarla. Me obsequió una cálida sonrisa y entendí en ese momento que había remado en vano contracorriente, al final el universo conspiró para que cayera rendido ante Amanda. Me puse de pie, rodeándola por la cintura con un brazo, aparté de su rostro unos traviesos mechones, como aquella vez en el parque, solo que ahora si la besé. Mi otra mano hacía surcos en su cabello por detrás de la nuca, mientras ella hacía lo mismo con las dos manos en el mío, despeinándome. Mordía sus labios con el mismo deseo que bebe un errante del desierto de un oasis, sus labios buscaban los míos con la ferocidad de un volcán, pero lentamente la unión se volvió tierna. La abracé como si quisiera abrazar el alma y no el cuerpo, como si quisiera atarla a mí para siempre. Las palabras ya no eran necesarias, solo importaba el lenguaje de los cuerpos, y los nuestro vibraban en la misma sintonía, como si estuviéramos destinados el uno para el otro desde incluso antes de nuestro nacimiento. No sé lo que pueda pasar mañana, pero a quien le importa si el hoy hace que valga la pena estar vivo.

-Mira lo que me has hecho. –le dije señalando el desastre que había hecho con mi cabello. Ambos reímos.

-Es tu culpa. Nadie te manda a besarme de esa manera.

  Me tomó de la mano y me llevo hasta su habitación…

   Odie mi teléfono cuando me despertó, escuchaba el sonido pero me costaba abrir los ojos, también moverme, pues ella estaba con un brazo y una pierna sobre mi desnudo cuerpo. El sonido provenía del bolsillo delantero de mis jeans, que junto a las demás prendas que ambos vestíamos estaban desperdigadas por el suelo de la alcoba. Finalmente se silenció después de un momento, pero ya estaba despierto.

-Amanda, despierta, mi amor. –dije cuando me percaté del calambre en mi brazo derecho, sobre el cual ella apoyaba su cabeza.

  Se revolvió perezosamente, ronroneando como una gatita, hasta que poco a poco abrió las ventanas de su alma para deslumbrarme con una amplia y pícara sonrisa que avivó mi espíritu.

-Hola. –dijo.

-Hola. –le sonreí de vuelta en un acto reflejo y ella me premió con un beso.

Cruzó por encima de mí y se fue en dirección al baño como dios la trajo al mundo, yo disfrutaba la visión del contoneo de sus jóvenes pechos al caminar. Ya en la puerta se volteó hacia donde yo estaba y dijo:

-Me acompañas.

  Cubrí en dos zancadas el espacio que no separaba. Tomar una ducha con ella, sin entrar en detalles, fue algo realmente erótico, un momento digno de enmarcar para colgarlo en una pared de la menoría, para contemplarlo cuando solo nos quede recordar lo que fuimos y extrañar aquello que pudimos o quisimos ser.

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Una Familia Feliz