1.5 Amenaza

 

Sentados en un banco del parque Amanda y yo vemos pasar a los apurados transeúntes, acomodada en mi hombro, con los ojos cerrados, se convierte en una visión que nunca voy a olvidar. ¡Mierda! ¿Estoy enamorado? No es que haya caído en la cuenta en este momento, es solo mi miedo hablando, pero esta vez lo mando a callar y a otro lugar que por cuestiones literarias mejor no menciono, no vaya a ser que me censuren.

La gente luce demasiado apurada con sus vidas como para contemplar la romántica escena que protagonizamos, solo unos pocos voltean, pero solo sonríen aquellos que alguna vez han estado en mi lugar, aquellos que saben lo que es ser feliz. Lo malo de la felicidad es que no sabemos cuán efímera es hasta que ya no está, hasta que no es más que un recuerdo al cual no es muy sano aferrarse si quieres vivir mirando hacia adelante, no sabemos cuán dulce es hasta que se vuelve amarga, hasta que las risas se ahogan en un salado mar de lágrimas. Estoy pensando estupideces, lo sé, pero no puedo evitarlo, por ley, todo lo que empieza acaba, sin embargo, esta vez, no tengo miedo de solo cerrar los ojos y soñar, no importa lo que pueda pasar mañana, hoy estoy aquí, con ella y eso me basta. Pienso todo esto mientras beso su cabellera. Ella levanta la cabeza y busca mis ojos, no sabía que también se puede acariciar con la mirada.

-Tenemos que irnos. – dijo cambiando la sonrisa por un mohín de disgusto.

-Lo sé. – Suspiré resignado – Menos mal que al menos pude lidiar con tus padres sin que se derramara sangre.

– Que exagerado eres. – dijo conteniendo a penas la risa.

   Su madre se hizo a la idea fácilmente pues Amanda le había comentado antes que le gustaba. El padre fue otra historia. Me recibió con cara de pitbull  cuqueado  y tuve que hacer uso de mis mejores capacidades lingüísticas por espacio más o menos de una hora, para luego compartir unos tragos de vodka, aunque no soy mucho de beber, pero algunos hombres sellan así los pactos, compartiendo bebida.

Me despedí de ella con un delicado beso de piquito y su sonrisa me acarició el alma, mi corazón lleno de viejas suturas recuerda como latir, está tan oxidado que duele incluso, pero me gusta, eso me hace sentir vivo. Le sonrío de vuelta lidiando con el torrente de sentimientos y emociones que asalta mi pecho, es indetenible, inevitable. Al final ya me da igual donde me lleve este viaje, lo que si estoy seguro es de que quiero ir, cerrar los ojos y dejarme llevar por lo que siento, sin miedos, sin excusas, sin tabúes, sin arrepentimientos.

  Bajo frente al cine y llegan a mí los recuerdos de las mandíbulas de Tiburón Sangriento, el primer film que disfruté en pantalla grande, si me concentro puedo llegar hasta sentir el grito de la gente cuando abrió la boca y la cámara se perdió dentro de sus fauces.

-Estás algo distraído…-dice mi nombre al final de la frase con un toque que solo ella tiene, recuerdo la voz, me es familiar. Me volteo, es Isabel con una sonrisa maliciosa en los labios.

-Isa…-me detengo, no me gusta esa expresión en su rostro- ¿Qué quieres? –digo con un tono ya no tan formal.

Ella me muestra las palmas, como en señal de que viene en son de paz, pero no me fio.

-Hey, pero no te pongas intenso niño, solo quiero invitarte a un helado, nada más. Así nos ponemos al día.

  No estoy muy a gusto con su compañía, la gente me ve y algunos incluso se hacen ideas locas sobre nosotros, la verdad no me gusta lo que sucede…pero mi cara de póker se mantiene sin novedades, inmutable.

  Nos sentamos en la cremería y ella se encargó de ordenar pues yo estaba demasiado distraído jugando con la cucharita que había sobre la mesa, una manera de liberar tensiones y aclarar mi liada cabeza.

-Te noto distraído, ¿Qué te pasa? –me toca el antebrazo, lo acaricia.

-Nada…-digo y me aparto de su tacto.

-Conozco esa respuesta, pero contigo nunca se sabe, puede ser nada en realidad o más bien todo.

  Me molesta que conozca eso de mí, pero es bueno, así ignora el futuro de esta interacción que llevamos a cabo, no tiene manera de saber que haré a continuación…bueno, debo admitir que a veces ni yo mismo tengo esa información.

-Pedí de chocolate para ti, sé que te encanta. –sonrió, parece feliz y eso me preocupa, conociéndola, esto significa que algo se trae entre manos. Sé que suena extremadamente paranoico, pero es Isabel, no da puntadas sin hilo, toda acción que lleva a cabo es a conciencia, sabiendo lo que puede esperar como reacción, en eso es incluso mejor que yo tengo que admitir, por eso temo.

  -Gracias. –me limito a decir fingiendo una sonrisa, mientras barajo los posibles desenlaces de lo que acontece ahora mismo, de mi incomodo presente inmediato.

-¿Dónde la conociste?

  Demoro un poco en contestar, sé que a continuación viene una ráfaga de preguntas. Acepte venir por no ser pesado, pero comienzo a arrepentirme de haberlo hecho.

-Por ahí. –contesto sin levantar la mirada de mi rico helado de chocolate.

Sé que le molesta que haga esto, trato de distraerla para que deje las preguntas, al final, no voy a contestarlas.

-Eso no es una respuesta.-un incómodo silencio me indico que preparaba la siguiente bala. – ¿La quieres?

  Ya esto no son balas de fogueo, va directo a la yugular.

-Sí, estoy enamorado de ella. –digo esta vez clavando la mirada en sus pupilas.

-Vaya, eso no me lo esperaba, la envidio, a mí nunca me quisiste tanto.

  Su sarcasmo es para que hable del pasado, de nosotros, para sacar información, pero no pienso caer en su juego.

-Tal vez, -sonrío- aunque no termino muy bien, no estuvo mal lo de nosotros. Hablando sinceramente, sabes que fracasó pues solo era lo físico lo que nos ataba, el resto era puro confeti de piñata de cumpleaños. – ¿de dónde puñeta saque eso del confeti?, digo para mis adentros.

 Al parecer me entendió, pues guardo silencio y se concentró en tomarse el helado que comenzaba a derretirse en su copa. Unos minutos de silencio se sucedieron a mis últimas palabras, sé que había tocado en una parte sensible, pero era la verdad.

-Cuéntame de ti, de tu vida, ¿qué hay de nuevo en ella?

  Levantó a penas la mirada.

-No hay mucho que contar. Lo típico, el día a día, la misma monotonía…en fin, aburrido, aburrido, aburrido.

-¿En serio? No te creo, tiene que haber algo que te motive, que te empuje a seguir adelante.

-Pues no lo hay…nada.

  Me daba un poquito de pena escuchar aquello, aunque la idea de que era solo para victimizarse me asaltó, pude leer en sus ojos que era cierto lo que decía.

  Tomé su mano, me miró y sonrió.

-Tranquila, todo va a estar bien, ya verás como todo mejorará.

  Terminamos nuestro helado entre risas y una entretenida conversación de memorias pasadas, cosas que compartimos y que en el momento no voy a negar que disfruté, no soy un hipócrita, pero ahora solo son parte del pasado. Igualmente es bueno recordar buenos tiempos. Nos despedimos y entonces ella hizo algo que no debía. Se lanzó sobre mí y me plantó un beso en la boca, cuando logré apartarla sonrió.

-Hasta luego…-dijo mi nombre dividiéndolo en sílabas, lentamente.

  Me quedé un poco pasmado antes de fijarme que la gente a mí alrededor me miraba. Puse rumbo a mi casa con la idea de que todo esto no era más que una amenaza para lo mío con Amanda. Tengo que evitar que Isabel se me acerque de nuevo, o a ella. Algo trae entre manos y no es bueno, tengo que alejarla de nosotros. ¿Por qué me quiere joder la vida? ¿Por qué no me deja en paz? Supongo que no todos sabemos perder y retirarnos, ella es de las vengativas, tengo que tener cuidado a partir de ahora, algo me dice que esto es solo el comienzo.

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Una Familia Feliz