Élio no lo pensó más, incriminar a su camarada era la mejor opción, a su izquierda se encontraba un soldado con un bajo perfil en las tropas de la 2da Compañía de Plata, a simple vista era el hombre perfecto para salir de sus aprietos, pero no podía arriesgar todo al incriminar a un desconocido. Puso su mano en el hombro de Boris y este lo observó con trémulas pupilas. El brazo de Élio quedó extendido unos segundos…
– Ármin, no tengo más remedio que delatarte – dijo Boris en voz baja, casi como en un susurro -Fuiste el único al que vi entrar y salir del bosque ayer en la noche, mi misión era la custodia y cuando se trata de cumplir con la misión encomendada, la amistad queda en un segundo plano –
– Tienes razón Boris,las misiones se cumplen una vez que las empiezas- Dijo Élio en voz baja y esta vez subiendo la voz para que todos escucharan dijo: – Lo siento mucho camarada, al principio dudé de que un hermano de la Compañía pudiera traicionar a la Nación Plateada, pero… tu eres el traidor, tu eres el hombre que entró al bosque en la noche de ayer, debes confesarlo. – dijo y sus pupilas se empañaron repentinamente.
Boris se mantuvo inerte unos segundos.
– ¿Es cierto lo que dice Ármin? – Preguntó Atlas – ¿Eres quién nos traiciona? Confiesa –
El soldado dio un paso al frente y separándose de la formación dijo con convicción en sus palabras: – Es cierto, yo soy el traidor –
Atlas sabía que este no era nacido en la Plateada y su único ojo visible captó con certeza que Boris decía la verdad. Enfurecido se acercó al chico y una vez más preguntó para cerciorarse: – Ayer de noche perdí a uno de mis mejores amigos, estoy muy furioso Boris, así que volveré a preguntarte ¿tú eras quién le informaba al Morpho, eres el traidor?
– Sí, yo entré anoche al bosque, yo soy el traidor – dijo Boris.
Atlas no podía creer con la naturalidad que este lo decía, no sintió ni el más mínimo gesto de arrepentimiento en las palabras del joven, una furia consumía al gigante desde dentro. Atlas sintió mucha rabia, lo había tratado como uno más de sus muchachos, uno de sus hijos en la Compañía. Su traición fue a nivel de naciones, pero Atlas la sufría en lo personal. Desenfundó su enorme espada y sujetando al chico por el hombro, introdujo el frio metal de la misma, abriéndose paso por el abdomen de Boris hasta asomar su hoja, saliendo manchada de entre las vértebras. Retira el arma con rapidez y tras un abrazo paternal le susurra: – Al que traiciona en la Plateada no se le piden últimas palabras –
El cuerpo de Boris cayó al suelo justo enfrente de Élio, este observaba inmóvil he inexpresivo, como su camarada se despedía de la vida en los campos de Mysvally, muchos sentimientos lo desbordaban, pero la razón por la que debía permanecer sereno era más fuerte que la conmoción.
– Ármin, tú eras su compañero de convivencia en la Compañía, su dupla, tu castigo vendrá luego, serás degradado y asignado a otra compañía, debiste darte cuenta antes de las acciones de tu compañero, por ahora debes deshacerte de su cuerpo como castigo, lánzalo al río y que corre hasta la Nación Dorada, luego regresa a por tus pertenencias.
– Asumo mi responsabilidad Mayor – dijo este llevando sus dedos al hombro izquierdo.
Las filas se rompieron y todos los soldados se dispersaron por el Valle, Élio no tenía mucho tiempo, su misión debía cumplirse lo más rápido posible. Cargó con el cuerpo de Boris hasta una de las riberas del río, allí cerca de donde se encontraba un viejo bote amarrado a la orilla, depositó dentro de este el cuerpo de su camarada y tras empujar la barcaza hacia la corriente que avanza hacia el oeste le dijo: – Nos veremos luego amigo mío, algún día sabrás perdonarme – Caminó luego hasta llegar al campamento, cerca de allí Élio podía ver al General escarlata que dirigía la Compañía Nido de Dragones, justo al lado de una de las catapultas que determinaban de manera uniforme toda la franja que delimita el Valle de la Nación Celeste. Hacia unos minutos habían prendido sus municiones, estas bolas de aspecto rocoso se volvían en fuego tan solo acercarle una antorcha. Élio había calculado durante años los horarios en que la Compañía Escarlata cargaba sus Dragones. Avanzó sigilosamente hacia el General rojo, el plan había tomado giros inesperados pero sus acciones lo llevarían a cumplir la misión encomendada. En ese momento no pensó en Thuemíll, había pasado ya muchos años convenciéndose de que había tomado la decisión correcta, su pueblo debía sacrificarse para que la Nación Celeste renaciera de entre las cenizas, como el ave Fénix, sus viejos amigos y ciudadanos luego agradeceríanque ese día su ciudad haya servido como fuerza impulsora para irse a las armas. Ya no podía pensar en opciones, ahora era el momento de planear la retirada luego de completada la misión. Los caballos estaban atados cerca de allí, inducir al guardia que los cuida, para él, es tan fácil como respirar. Puso su mano en el hombro del General escarlata.
– ¿Qué quieres? – preguntó este. Su armadura era hermosa, el casco de metal lucía una melena dorada en forma de escobilla, todo el acero de la robusta prenda era de un rojo oscuro con extraños relieves. Justo donde Élio reposaba su mano surgía una hombrera cuya contextura asemejaba el rostro de un dragón.
– ¿Eres tú quién está al frente de la Compañía de Dragones? – preguntó Élio
– Si, lo soy – dijo este como quien espera una respuesta.
– Necesito que escuches con atención… – dijo Élio – debes apuntar con todos tus Dragones a Thuemíll y cuando todas apunten en esa dirección, darás la orden de abrir fuego, no cambiarás de parecer pase lo que pase, tu orden seguirá siendo la misma hasta terminado el día…
– Así lo aré – dijo el General escarlata
– Una cosa más – dijo Élio sin retirar su mano del hombro de este – Olvidarás que has hablado conmigo –
Tomó uno de los caballos y trepó mientras el guardia que los cuidaba le hacía de escalón con sus manos para hacer más fácil su montada. Cabalgó a toda velocidad, hacia el sur, hacia su preciada Nación. Sobre su cabeza una lluvia de meteoros en llamas se le adelantaba rumbo a Thuemíll. Cabalgó durante todo el día, al anochecer el ataque de los Dragones cesó. A lo lejos en la llanura, una luz entre roja y amarillenta iluminaba la noche sobre Thuemíll, la ciudad ardía como si de una hoguera se tratase.
– Ya todo ha terminado – pensó Élio, y redujo la velocidad a la que se trasladaba. Con la satisfacción de haber terminado con su tarea de hacía tres años, cumpliendo con los objetivos trazados el día de la Gran Mesa. Los primeros rayos de sol iluminaban un rostro demacrado, el jinete había cabalgado durante toda la noche sin cesar, su bestia se notaba cansada y sedienta, alguna partícula cayó en su rostro y este lo retira con sus dedos, manchándolos de un gris negruzco, era ceniza, los restos de Thuemíll caían como si fuese nieve, esparciéndose en el aire por todo el cielo Celeste, arrastrados por las corrientes primero hacia la Nación Plateada, luego a la Dorada y de regreso hacia el sur también manchaba el gran manto Escarlata. No quería, pero se sentía obligado, Élio giró al Este, rumbo a Thuemíll, tenía que disculparse con su ciudad, se arrodillaría en los escombros y pediría disculpas en nombre de la Nación Celeste, para Élio era como si la urbe tuviese vida. Se sintió mal tras mirar a lo lejos y no ver las grandes torres de Thuemíll, era como si avanzara hacia una ciudad desconocida.
– Debe haber sufrido mucho mi hermosa Thuemíll – pensaba, cuando un hediondo olor causó nauseas al joven General. Mientras más se acercaba a las ruinas, más fuerte se sentía la fetidez, era olor a muerte. Élio por un momento negó a sus sentidos, no quería pensar en lo que se hacía cada vez más verídico con cada galopada. Se detuvo en la entrada, no había una sola casa en pié, sus pupilas viajaban entre los escombros, buscando, hasta que se detuvieron en una de las ruinas, era un cuerpo, esta vez sus pupilas se dilataron, bajó de su caballo y segado corrió entre las columnas de roca chamuscada. En su paso por las destrozadas calles dejaba decenas de cuerpos carbonizados, luego centenas, entonces comprendió que la ciudad nunca había sido evacuada. Se detuvo frente a lo que una vez fue su hogar y tras dejarse las uñas encarnadas retiró con afán las grandes rocas del Templo Caromadda que habían caído sobre su casa. Hasta que una mano pálida, se asomaba de entre los escombros, el anillo en su ensangrentado dedo hiso que Élio sintiese asco de sí mismo, era su amada Luppe. Los había matado a todos, cayó hincado sobre las cenizas y gritó ¨Perdón¨ con toda la fuerza que pudo. Una mano tomó su talón, era su padre, ambos pies habían sido aplastados por las rocas quizás, se arrastraba entre los escombros como quien da su último esfuerzo para llegar a su hijo.
– Prométeme que vengarás a tu pueblo – dijo este y la mano que apretaba el talón de Élio perdió toda su fuerza. El General comprendió que al final la misión había tenido éxito, toda la Nación Celeste, esa mañana se levantaría por venganza, se recuperaría sin duda Mysvally al costo del sacrificio de Thuemíll, pero sería una lucha por una venganza a través del engaño.
– Prometo que me vengaré – dijo Élio y sus lágrimas brotaron por todos, por su hija, por su esposa, por sus padres, por su pueblo, porque sabía que aquel hombre deseó en sus últimas palabras la muerte del culpable de aquella atrocidad y sin duda, él era el máximo responsable. Montó en el caballo y tras agitar las bridas, partió a todo galope hacia Zaphir. La bestia estaba agotada, pero el afán de Élio por encarar al verdadero culpable lo llevó a inducir al corcel.
– Corre hacia Zaphir con todas tus fuerzas, no te detengas hasta llegar a las puertas del Castillo Blanco – dijo este con su palma sobre el lomo del animal.
– Se acerca un jinete, tiene un traje de la armada plateada – gritó uno de los guardias en lo alto de la muralla sobre la gran puerta de Zaphir.
– Abrid paso, es el General de la Quinta Armada Celeste Élio Leffrán – dijo el Fardo en la torre a la derecha, quien tras agudizar sus sentidos reconoció a uno de sus líderes.
La puerta se abrió dejando entrar a todo galope al jinete, en las calles todo el que lo veía comentaba acerca de su retorno y de sus logros en la avanzada hacia el Sur Escarlata, mentiras ya propagadas. Se detuvo en la puerta del Castillo Blanco, tras bajar de su caballo, el animal cayó desplomado, puso su mano en la frente de la bestia y le dijo: – lo has hecho bien, ahora descansa –
Sin dejar que los guardias abrieran el portón, se abrió paso empujándolo con rabia. Una vez dentro Scariot lo esperaba sentado sobre su trono. Caminó sobre la alfombra roja deteniéndose ante el monarca. Una decena de lanzas le apuntaban. El rey hiso un gesto con su mano derecha y todos los que protegen el trono se retiraron del salón.
– Hace mucho que no te veía, has crecido – dijo el Monarca
Élio desenfundó su espada y con fuerza la clavó entre las losas bajo la alfombra. Un viejo amigo de este descendió desde el marco de una de las ventanillas redondas de la sala, planeó hasta posarse en el hombro de Scáriot. Una de las patas del cuervo se encontraba recogida, lisiada justo en el tobillo.
– Que bueno que también estés aquí Péros – dijo Élio.
– Se cómo te debes sentir – dijo el Rey – debes odiarnos a muerte, pero en el fondo sabes que fue un sacrificio necesario –
– El plan estaba cumpliéndose a la perfección, solo tenías que evacuar a Thuemíll, luego decir que se predijo el ataque. ¿Qué hiso que cambiaras el plan? – Preguntó Élio.
– El plan siempre fue el mismo, nunca lo cambiamos, ese día realmente me defraudaste como General Celeste, deberías saber que la mejor opción era dejar morir al pueblo. Unos cientos a cambio de recuperar lo que hará perdurar el legado de miles. Pensé que luego lo entenderías, pero ya veo que no es así, no eres el chico inteligente que pensé. – dijo Scáriot.
La rabia de Élio creció más, Scáriot no mintió cuando dijo que él tenía que haberlo previsto. Era un plan demasiado flojo, se arriesgaban tres años de acciones bélicas, muchos ya habían muerto en el Sur Escarlata, todo para recuperar Mysvally. Quizás el pueblo no se incentivaba con tan solo perder a una ciudad, debía sacrificarse más, Élio solo pudo comprenderlocuando escuchó las últimas palabras de su padre.
– Pude haber salvado a tu familia, lo sé, pero luego pensé en que no estaría siendo justo con mi pueblo, sabes que no apoyo al favoritismo, tenían que morir todos – dijo el Rey
Élio apretó el mango de su espada, se apoyó con fuerza en su pierna derecha y en un impulso se lanzó en dirección a Scáriot. Pero una imagen que aparecía de la nada lo hiso detenerse. Justo en frente del trono, poco a poco se hacía visible Brandon, hermano de Scáriot, General de la Segunda Armada Celeste y Mariscal de Zaphir. El Gouster (don fugaz) se había mantenido oculto todo el tiempo frente a él, con una daga en su cuello, una niña de 5 años lloraba.
– ¿Érzza?, ¿esa es Érzza? – preguntó entre lágrimas Élio.Ya se había hecho la idea de que su retoño estaba murta y el verla ahora con vida devolvió una pisca de alegría a su destrozado corazón.
– Eso es para que veas que no soy un monstruo del todo – dijo Scáriot – La misión de mi hermano Brandon fue rescatar a toda costa a tu querida Érzza –
Élio estaba feliz de volver a ver a su pequeña, pero el odio por Scáriot seguía siendo el mismo, todos los allí presente lo habían traicionado de una u otra forma. Sabía que el rescatar a su hija no fue simplemente misericordia, algún otro plan se escondía tras ese acto de bondad.
– ¿Qué quieres de mí?, ¿sé que dejaste vivir a mi hija solo para tener como controlarme? –
– Eres el único Galander (inductor) que conozco, tu don me servirá para influenciar a cierta persona incapaz de seguir una orden, pero hablo en tiempo futuro – dijo Scáriot.
– Nunca más trabajaré para ti – dijo Élio.
– Sabes que esto ya no se trata de una opción, la vida de tu hija ahora sí que está en tus manos. Te mantendré en una de las celdas bajo el Castillo, debido a mis actos ya no puedo confiar en tu lealtad, te dejaré ver a tu hija una vez por semana, ella vivirá aquí, en el casillo Blanco, así podrás cerciorarte de que cumplo con mi palabra, pues como es de entender sé que tampoco te fiarás de mi lealtad. Por ahora solo quiero que te induzcas a ti mismo – dijo el Rey. Élio dudó unos segundos, realmente nunca se había inducido a sí mismo, tampoco sabía cómo trabajaría en ese caso su don.
– Quiero que te ordenes que cumplirás con mis órdenes a toda costa, como si se tratase de tu propia voluntad – dijo Scáriot. Élio dudó unos segundos, eso era muy peligroso, si eso funcionaba luego podrían matar a su pequeña y de igual manera lo utilizarían sin ninguna resistencia. Estaba contra la espada y la pared, la daga de Brandon se afincó más cortando un poco del cuello de Érzza…
– Está bien – dijo Élio – Haré lo que me pides, confiaré esta vez en que cuidarás de mi pequeña, si quieres agradecer de alguna forma mis nueve años de servicios te pido que no le hagas daño –
– Así lo haré, ya no tengo porqué mentirte – dijo Scáriot. Élio puso su mano derecha sobre su pecho y se ordenó a sí mismo: – Cumpliré con las órdenes de Scáriot Rey de la Nación Celeste a toda costa, como si se tratase de una orden mía –
– Muy bien – dijo el rey – ahora debo comprobar que estás a mi entera disposición – Mátala, mata a tu hija –
Élio no podía controlarse, sabía que no podía confiar en Scáriot, pero no tuvo otra alternativa, lo hiso para salvar a su pequeña y ahora solo había conseguido matarla con sus propias manos. Avanzó entre llantos, resistirse era inútil, por primera vez sintió como era ser tocado por su propio don, actuaba cual marioneta de las órdenes dadas. Levantó su espada sobre la chica, esta lloraba observando como su padre se resistía en vano – lo siento – dijo este mientras bebía sus lágrimas. Y justo cuando su espada caía de forma vertical… – Alto, te ordeno que no la mates – dijo Scáriot. Élio se detuvo enseguida, sus lágrimas mojaban la alfombra roja del salón.
– Ya he comprobado que funciona a la perfección, deja tu arma y despídete de tu hija por hoy, dormirás ya en el calabozo – dijo el Monarca mientras se ponía de pié y se daba la vuelta. – Péros, Brandon, hoy comienzan los preparativos para tomar el Valle. La Nación está motivada esta mañana, que la venganza de Thuemíll haga de Mysvally un valle de sangre –
– Así será – Dijo Brandon llevando sus dedos al corazón, mientras Péros tomaba vuelo, salió por una de las ventanas del castillo, sobrevolando todo Zaphir y luego su diminuta sombra recorrió las Armadas Celestes que se formaban listas para arremeter contra la Nación de Plata. Ese día se tomaría el Valle y Scáriot sería recordado como el Rey que vengó a la Nación Celeste tras la quema de Thuemíll.
Fin del Capitulo
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