Capítulo 5 Opción b): El Cielo se Tiñó de Rojo

Élio no lo pensó más, incriminar a su camarada era solo una opción, a su izquierda se encontraba un soldado con un bajo perfil en las tropas de la 2da Compañía de Plata, era el hombre perfecto para salir de sus aprietos. Puso su mano en el hombro del desconocido, el brazo de Élio quedó extendido unos segundos, el recluta aparentaba la edad de un hombre adulto, su mirada se encontraba perdida en el horizonte. El General Celeste tragó en seco y dijo:

– Lo siento mucho camarada, al principio dudé de que un hermano de la Compañía pudiera traicionar a la Nación Plateada, pero… tu eres el traidor, tu eres el hombre que entró al bosque en la noche de ayer, debes confesarlo. – dijo en voz alta Élio y sus pupilas brillaron repentinamente.

El recluta permaneció callado, se mantenía inerte y de rostro templado, sin quitar la vista de las planicies del Valle.

– ¿Es cierto lo que dice Ármin? – Preguntó Atlas – ¿Eres quién nos traiciona? Confiesa –

El soldado dio un paso al frente y separándose de la formación asintió con  la cabeza. Atlas hiso un gesto a sus guardias personales para que lo capturaran.

– Llévenselo, procederemos a interrogarlo – dijo – Te felicito Ármin, si no hubieses hecho el recorrido quizás no tendríamos al impostor, pero eso no quita que seas interrogado también, sabes que incumpliste mis órdenes de permanecer en tu puesto… –

– Asumo mi responsabilidad Mayor – dijo este llevando sus dedos al hombro izquierdo.

La mirada de Boris se mostraba más calmada, estuvo a punto de sospechar de su camarada. Las filas se rompieron y todos los soldados se dispersaron por el Valle. Élio no tenía mucho tiempo, su misión debía cumplirse lo más rápido posible. Dos guardias de Plata lo custodiaban a las afuera de la tienda donde interrogaban al recluta, cerca de allí Élio podía ver al General escarlata que dirigía la Compañía Nido de Dragones, justo al lado de una de las catapultas que determinaban de manera uniforme toda la franja que delimita el Valle de la Nación Celeste. Hacia unos minutos habían prendido sus municiones, estas bolas de aspecto rocoso se volvían en fuego tan solo acercarle una antorcha. Élio había calculado durante años los horarios en que la Compañía Escarlata cargaba sus Dragones.

Puso ambas manos en los hombros de sus captores: – Ya no tienen que vigilarme, vuelvan a sus puestos, es una orden de Atlas. – dijo este y ambos guardias obedecieron sin chistar.

Élio avanzó sigilosamente hacia el General rojo, el plan había tomado giros inesperados pero sus acciones lo llevarían a cumplir la misión encomendada. En ese momento no pensó en Thuemíll, había pasado ya muchos años convenciéndose de que había tomado la decisión correcta, su pueblo debía sacrificarse para que la Nación Celeste renaciera de entre las cenizas como el ave Fénix, sus viejos amigos y ciudadanos luego agradeceríanque ese día su ciudad haya servido como fuerza impulsora para irse a las armas. Ya no podía pensar en opciones, ahora era el momento de planear la retirada luego de completada la misión. A alguien más debía incriminar, o tan solo influenciar a dos o tres Generales, pensó en Boris y comprendió que debería inducirlo a regresar a su ciudad natal en la Nación Dorada, lo más lejos que pudiera, permanecer en Mysvally para entonces era quedarse para morir. Puso su mano en el hombro del General escarlata.

– ¿Qué quieres? –  preguntó este. Su armadura era hermosa, el casco de metal lucía una melena dorada en forma de escobilla, todo el acero de la robusta prenda era de un rojo oscuro con extraños relieves. Justo donde Élio reposaba su mano surgía una hombrera cuya contextura asemejaba el rostro de un dragón.

– ¿Eres tú quién está al frente de la Compañía Nido de Dragones? – preguntó Élio

– Si, lo soy – dijo este como quien espera una respuesta.

– Necesito que escuches con atención… – dijo Élio, pero en el momento que este iba a continuar hablando el filo de una enorme espada se habría paso, cortando carne y hueso del brazo del joven General Celeste.

Élio cayó al suelo retorcido de dolor, una fuente de sangre brotaba de su brazo izquierdo. Sus gritos se escuchaban a lo largo del Valle. El chico se encontraba hincado de rodillas, el General Escarlata había quedado petrificado y su rostro se teñía con la sangre de quien le hablaba. Élio apretaba con su brazo restante, impidiendo que la sangre continuara brotando, pero era inútil, por un momento pensó en su querida hija, ya Érzza tendría 5 años para entonces, pensó también en su esposa Luppe, en Thuemíll, en sus padres, y luego pensó en su nación, ¿la misión había fracasado?, no, todavía, le quedaba un brazo. Se levantó rápidamente y estiró todo lo que pudo su extremidad, buscando hacer contacto con su objetivo, pero nuevamente la hoja de la gran espada corta de raíz sus esperanzas.

– Pensaste que todo iba según tus planes – dijo su agresor mientras su sombra cubría el cuerpo mutilado de Élio. Este levantó su triste mirada para encarar con honor a su asesino.

– Solo cometiste un gran error –  dijo Atlas mientras reposaba la hoja ensangrentada sobre su hombro – el guardia que intentaste incriminar, durante todo el interrogatorio no habló –

Élio estaba completamente aturdido, el dolor en su cuerpo era señal de que la muerte lo devoraba lentamente, pero hacia fuerzas para entender por qué su don no funcionó en aquel soldado.   

– ¿Quieres saber por qué no habló? – dijo Atlas – Porque el General de la 2da Compañía de Plata no habla. No puede hablar, porque en toda su vida jamás ha escuchado una palabra.

Élio quedó sin dolor por unos segundos, toda su vitalidad se fue a ese momento en el que indujo al recluta y comprendió que este nunca lo escuchó, ni siquiera miró sus labios, solamente respondió a la pregunta de Atlas con un gesto. El mutilado sonrió por un instante, todo estaba muy claro ahora, la visita del General de la 2da Compañía de Plata era una sorpresa, y sí que lo sorprendió. Debió haberse infiltrado con los soldados unos meces antes para estudiar desde dentro a su propia Compañía, aprovechándose de su anonimato… realmente la suerte no estaba de su lado. Élio comprendió que el destino así lo había querido, quizás al final no había tomado la decisión correcta al elegir sacrificar a su ciudad, y ahora lo pagaba con su vida. Sonrió a la muerte mientras el cielo se tiñó de rojo. Atlas terminaría con su sufrimiento, sujetando el mango de su espada con ambas manos el gigante cortó la cabeza de este en una embestida, la cual rodó sonriente hasta ser detenida por la suela de una bota escarlata. 

Fin del Cuento

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