
Es una expresión bastante abarcadora, así como los sentimientos que se arremolinan en mi pecho como el agua que cae por el tragante de la ducha. Siento frío, es normal cuando te duchas con agua fría quince minutos pasadas las doce. Las manos apoyadas en la pared, cabeza apuntando al suelo, el agua cae sobre mi nuca, los ojos cerrados buscando dentro de mí de donde viene esta rareza. Golpeo la pared frustrado. ¿Qué carajo me pasa? No me siento triste, tampoco estoy alegre, ni despechado, ni siento culpa, ni remordimiento, ni siquiera extraño a alguien más de lo que debería…solo…solo…esa sensación que me oprime el pecho es…!otra vez la misma palabra! “raro”.
¡Bah! Al final, va a ser que me voy a volver un melancólico sin remedio, al menos la gente que me lee agradecerá que después de tanto tiempo publique algo, aunque sean tonterías de las que a veces me suceden. Pienso esto mientras me seco, la desnudez me libera el cuerpo, pero mi alma se siente oprimida, ansia volar a alguna parte, incluso si no me lleva con ella, no necesita mi permiso, nunca lo ha necesitado. Siempre la dejo volar libre a donde quiera, para que me traiga inspiración, para que no sea víctima de un cuerpo egoísta que la aprisionó contra su voluntad. ¡Oh alma mía, se libre! Estallo en una ruidosa carcajada, estás cosas son las que me hacen dudar de mi salud mental a veces…pero igual, es lo que necesitaba para entender que sentirse raro no es malo, solo pasa, que esa sensación de que no pertenecemos de alguna manera, de que vivimos la vida de alguien más como espectadores y esperamos que algo pase, es algo entendible. Esa sensación de estar atrapados, de esperar que algo suceda y nos saque de la monotonía, es perfectamente normal. Así que simplemente termino mi ducha, dibujo en mi rostro una sonrisa y pongo punto final al sentirme raro.


